En Sus revelaciones a Sor Faustina, nuestro Señor pidió una oración especial y una meditación de Su Pasión cada día a las tres de la tarde, la hora que recuerda Su muerte en la Cruz.
A las tres, ruega por Mi misericordia, en especial para los pecadores y aunque sólo sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi abandono en el momento de Mi agonía. Ésta es la hora de la gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré penetrar en Mi tristeza mortal. En esta hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión... (Diario, 1320).
Cuántas veces oigas el reloj dando las tres, sumergete totalmente en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y especialmente para los pobres pecadores, ya que en ese momento se abrió de par en par para cada alma. En esa hora puedes obtener todo lo que pides para ti y para los demás. En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia.
En esa hora procura rezar el Vía
Crucis, en cuanto te lo permitan los deberes; y si no puedes rezar el Vía
Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo
Sacramento a Mi Corazón que está lleno de misericordia.
Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración
allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante...
(Diario, 1572).
De estas instrucciones detallada se desprende que nuestro Señor quiere que nos fijemos en Su Pasión a las tres en punto, según nuestros deberes lo permitan, y quiere que le pidamos Su misericordia.
En el Libro de Génesis (18, 16-32), Abrahám rogó a Dios que redujera los requisitos necesarios para que Él pudiese ser misericordioso con la gente de Sodoma y Gomorra. Aquí, Cristo Mísmo, ofrece una reducción de requisitos a causa de las varias exigencias de nuestros deberes cotidianos y El nos ruega que pidamos Su misericordia, auinque sea de la manera más insignificante, para que El pueda derramarla sobre todos nosotros.
Quizás no todos podamos rezar las Estaciones del Vía Crucis o adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento, pero todos sí podemos detenemos mentalmente durante un "brevísimo instante", pensar en Su abandono total a la hora de la agonía y rezar una breve oración, como por ejemplo, "Jesús, Misericordia" o "Jesús, por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero".
Esta meditación de la Pasión de Cristo, por breve que
sea, nos lleva cara a cara con la Cruz, y como escribe el Papa Juan
Pablo II en la encíclica Rico en misericordia: "Es en la cruz que
la revelación del amor misericordioso alcanza su culminación".
Dios nos invita, continúa el Santo Padre, a la «misericordia»
hacia Su Hijo crucificado". Por consiguiente, nuestra meditación
de la Pasión que es "no solamente un acto de solidaridad con el
doliente Hijo del Hombre, sino también un tipo de «misericordia»
mostrada por cada uno de nosotros al Hijo del Padre Eterno.